Realismo
mágico
"A
cada paso hallaba lo real maravilloso. Como patrimonio
de nuestra América entera"
Alejo
Carpentier.
Si
tuviésemos que encontrar un género literario que representase la
cultura de lo latinoamericano, seguramente, sería el realismo mágico. Así; (…)
“Éste se plantea como una estética a través de la cuál los
escritores se permiten el otorgamiento de un toque mágico a la
realidad circundante por lo que el lector termina sumergido en una
realidad mágica que no diferencia entre si es verdadera o ficticia.
Esta realidad narrada se acerca más a los acontecimientos, la
historia y la cultura propia de latinoamérica que a la de
occidente. Se trata de rescatar temas, prácticas, mitos y leyendas
propias para contarlas nuevamente , pero esta vez desde una nueva
mirada, dándole a lo cotidiano un enfoque mucho más literario. En
esta estética, el lenguaje poético y sus recursos: la hipérbole,
la exageración, la yuxtaposición de temas, se convierten en medios
estéticos fuertes y contundentes” (…). En pocas palabras, no se
trata de presentar la magia como si fuera real; sino la realidad como
si fuera magia.
En
este contexto, es que nos encontramos con autores tales como Gabriel
García Márquez con obras como “Cien años de soledad”; el
cubano Alejo Carpentier con “El reino de este mundo” o Juan Rulfo
con “Pedro Páramo”, por nombrar solo tres de sus representantes
y solo tres de sus obras.
En
todos ellos, como en el resto de los escritores de este género
literario, los acontecimientos mágicos que se narran, que suceden,
son percibidos por los personajes de forma natural, sin que ello
altere la profundidad de lo que se narra. La aceptación de la magia
es instantánea para los personajes y el lector no puede más que
admitirla igual y dejarse llevar por ella, percibirla al igual que
ellos como parte de la cotidianidad una vez superada la sorpresa
primera de su presencia, mientras la lee, mientras la escucha, pero
también mientras la huele, la saborea e incluso la palpa. Una
mágica realidad que ocurre en un espacio geográfico generalmente
aislado, alejado de los centros urbanos, en su mayoría ubicados en
los niveles más bajos duros y crudos de la pobreza y la marginalidad
social e incluso hay quienes sostienen que ella deviene por la propia
necesidad de escapar de esas condiciones.
En
estos relatos el tiempo es cíclico;todo parece recomenzar
nuevamente, por lo que presente y pasado aparecen jugando, midiéndose
permanentemente: a veces el tiempo se detiene mientras los personajes
no; a veces es el tiempo el que transcurre velozmente mientras los
personajes se detienen, personajes errantes, que buscan su lugar en
el mundo, soñadores, adivinos, chismosos, charlatanes o dictadores,
que no tienen rostro porque pueden ser cualquiera o ninguno, que
actúan compleja e irracionalmente, como la vida misma, que muestran
sus contradicciones en un paisaje descrito precisa y detalladamente,
pero que nunca podríamos fotografiar.
A
veces me pregunto si los “Macondo” en los que trabajamos no son
iguales a los del colombiano García Márquez; a veces me pregunto si los perros
que aparecen cotidianamente en la obra del mejicano Juan Rulfo anunciando la
presencia de personas, no son los mismos que anuncian algún bicho o
algún caminante y a veces me pregunto, si la música que sugiere
la platería del cubano Alejo Carpentier no es la misma melodía que se
enmarca en el paisaje sonoro de estos lugares o si no son tan disímiles las relaciones amo-esclavo que allí se dibujan con las de patrón-peón. Si el lugar, ajeno,
aislado, escaso, limitado,pero a la vez inmenso, contradictorio,
complejo, no es igual a las condiciones territoriales de estos
rincones; si en las formas de narrar, de curar, de pensar, de hacer,
de sentir y concebir lo sobrenatural, la muerte, la vida misma, de la gente de por aquí, no
se expresa el más puro y profundo de los realismos mágicos. Y a
veces también pienso cuál es el límite como deber que tiene el
maestro de campaña de deshacer ese aprendizaje ante el derecho de
las comunidades rurales de leer el mundo percibiendo e integrando la
magia en su relato; haciéndola parte de su hacer, de su decir, de su
comprender, de la construcción de su propia cosmogonía. Es
cierto, las ánimas en pena, las luces malas, las simpatías no
pueden acabar explicando lo que podría sostener lo injustificable,
lo que podría construir miedo, lo que paralizaría, lo
que haría jirones la valentía. Pero ¿Quién puede ser capaz de
arrebatarle a un pueblo su magia? ¿Quién puede arrebatarsela a la
vida misma? Y si es cierto que esa magia es la que lo salva de su
propias condiciones; ¿Qué anima a pensar que más allá de los
límites deterministas de la propia existencia, en definitiva, no
somos seres rodeados de algo más?
Si el campo fuese un género
literario, sería realismo mágico.
Bibliografía: