domingo, 1 de septiembre de 2019

Si tuviese que encontrar un nombre...



Realismo mágico


"A cada paso hallaba lo real maravilloso. Como patrimonio de nuestra América entera"
Alejo Carpentier.


Si tuviésemos que encontrar un género literario que representase la cultura de lo latinoamericano, seguramente, sería el realismo mágico. Así; (…) “Éste se plantea como una estética a través de la cuál los escritores se permiten el otorgamiento de un toque mágico a la realidad circundante por lo que el lector termina sumergido en una realidad mágica que no diferencia entre si es verdadera o ficticia. Esta realidad narrada se acerca más a los acontecimientos, la historia y la cultura propia de latinoamérica que a la de occidente. Se trata de rescatar temas, prácticas, mitos y leyendas propias para contarlas nuevamente , pero esta vez desde una nueva mirada, dándole a lo cotidiano un enfoque mucho más literario. En esta estética, el lenguaje poético y sus recursos: la hipérbole, la exageración, la yuxtaposición de temas, se convierten en medios estéticos fuertes y contundentes” (…). En pocas palabras, no se trata de presentar la magia como si fuera real; sino la realidad como si fuera magia.
En este contexto, es que nos encontramos con autores tales como Gabriel García Márquez con obras como “Cien años de soledad”; el cubano Alejo Carpentier con “El reino de este mundo” o Juan Rulfo con “Pedro Páramo”, por nombrar solo tres de sus representantes y solo tres de sus obras.
En todos ellos, como en el resto de los escritores de este género literario, los acontecimientos mágicos que se narran, que suceden, son percibidos por los personajes de forma natural, sin que ello altere la profundidad de lo que se narra. La aceptación de la magia es instantánea para los personajes y el lector no puede más que admitirla igual y dejarse llevar por ella, percibirla al igual que ellos como parte de la cotidianidad una vez superada la sorpresa primera de su presencia, mientras la lee, mientras la escucha, pero también mientras la huele, la saborea e incluso la palpa. Una mágica realidad que ocurre en un espacio geográfico generalmente aislado, alejado de los centros urbanos, en su mayoría ubicados en los niveles más bajos duros y crudos de la pobreza y la marginalidad social e incluso hay quienes sostienen que ella deviene por la propia necesidad de escapar de esas condiciones.
En estos relatos el tiempo es cíclico;todo parece recomenzar nuevamente, por lo que presente y pasado aparecen jugando, midiéndose permanentemente: a veces el tiempo se detiene mientras los personajes no; a veces es el tiempo el que transcurre velozmente mientras los personajes se detienen, personajes errantes, que buscan su lugar en el mundo, soñadores, adivinos, chismosos, charlatanes o dictadores, que no tienen rostro porque pueden ser cualquiera o ninguno, que actúan compleja e irracionalmente, como la vida misma, que muestran sus contradicciones en un paisaje descrito precisa y detalladamente, pero que nunca podríamos fotografiar.
A veces me pregunto si los “Macondo” en los que trabajamos no son iguales a los del colombiano García Márquez; a veces me pregunto si los perros que aparecen cotidianamente en la obra del mejicano Juan Rulfo anunciando la presencia de personas, no son los mismos que anuncian algún bicho o algún caminante y a veces me pregunto, si la música que sugiere la platería del cubano Alejo Carpentier no es la misma melodía que se enmarca en el paisaje sonoro de estos lugares o si no son tan disímiles las relaciones amo-esclavo que allí se dibujan con las de patrón-peón. Si el lugar, ajeno, aislado, escaso, limitado,pero a la vez inmenso, contradictorio, complejo, no es igual a las condiciones territoriales de estos rincones; si en las formas de narrar, de curar, de pensar, de hacer, de sentir y concebir lo sobrenatural, la muerte, la vida misma, de la gente de por aquí,  no se expresa el más puro y profundo de los realismos mágicos. Y a veces también pienso cuál es el límite como deber que tiene el maestro de campaña de deshacer ese aprendizaje ante el derecho de las comunidades rurales de leer el mundo percibiendo e integrando la magia en su relato; haciéndola parte de su hacer, de su decir, de su comprender, de la construcción de su propia cosmogonía. Es cierto, las ánimas en pena, las luces malas, las simpatías no pueden acabar explicando lo que podría sostener lo injustificable, lo que podría construir miedo, lo que paralizaría, lo que haría jirones la valentía. Pero ¿Quién puede ser capaz de arrebatarle a un pueblo su magia? ¿Quién puede arrebatarsela a la vida misma? Y si es cierto que esa magia es la que lo salva de su propias condiciones; ¿Qué anima a pensar que más allá de los límites deterministas de la propia existencia, en definitiva, no somos seres rodeados de algo más? 
Si el campo fuese un género literario, sería realismo mágico.


Bibliografía:




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