lunes, 17 de junio de 2019


En defensa (°)

Que las comunidades rurales observan con una suerte de  melancolía la cada vez más acentuada baja de alumnado en su matrícula, parece no ser sorpresa para ningún actor; que ha sido un devenir histórico, como especie de suerte anunciada, también; pero que nos exige repensarnos a la luz de la causalidad de la misma, es casi una cita obligada y no precisamente a ciegas.
Reflejando, como suerte de espejo, al decir del maestro Limber Santos: (…) “La sostenida disminución de la población rural, los nuevos modelos productivos, la penetración de las nuevas tecnologías  y las cada vez más estrechas relaciones entre el campo y la ciudad”(…); el rol del maestro rural hoy camina sobre una especie de humedal fangoso que jala en su andar tironeando entre el legado tradicional , ya casi romántico de una escuela rural que sufre y sufrió profundas transformaciones que de alguna forma redibujaron y dibujan un nuevo  marco cultural del sentir, pensar y hacer de la ruralidad, como sugiere el autor y por otro lado, se tensa  con un conjunto de lineamientos y miradas urbanizadas que poco aportan a esa nueva reconstrucción  de la identidad rural en tanto se gestan, se proyectan y se ejecutan desde una mirada urbano céntrica  poco atenta a la escucha de ese legado fundacional. Esa mirada, plantea  Santos, distorsiona la realidad del campo,  lo desdibuja.
Estas líneas pretenden invitar a re dirigir la mirada hacia la especificidad pedagógica rural, reconsiderando algunas, y solo algunas para evitar ser extensos, de sus riquezas que han sido, no solo marca registrada, sino pilares de significativas innovaciones  extendidas a otros ámbitos educativos como lo expresa Santos: “La realidad inevitable de la multigraduación, su estudio sistemático por parte de los maestros rurales reflexionando sobre sus prácticas y de la academia investigando sobre ella, ha ido generando la posibilidad de expandir el modelo de enseñanza de la escuela rural a otras realidad educativas”.
Desde su  marca distintiva, se hace imperioso evocar aquellas consideraciones, líneas de pensamiento y luego experiencias concretas en el medio rural que durante la década del treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta configuraron el pensamiento pedagógico nacional puestas a debate por aquellos maestros rurales de otrora, tal como lo expresa y sistematiza Santos.  Desde las experiencias educativas específicas no podemos dejar de señala las Escuelas Granjas de Agustín Ferreiro, las Misiones Socio pedagógicas protagonizadas entre otros por Julio Castro, o las desarrolladas en El  Núcleo Escolar Experimental de la Mina. La escuela rural hoy sigue siendo  heredera innata de este legado.
En su artículo: “El valor de la escuela pública rural”, Santos presenta de manera notable doce rasgos de identidad, dice el autor, característicos de la escuela rural del siglo XXI. Uno de ellos es, su carácter innovador y haciendo nuestras sus palabras: la  escuela rural  sugiere para quienes puedan decodificarlas,  claves didácticas de gran valor educativo a  saber: la tríada espacio-tiempo y recursos, tal y como lo expresa el autor, es una de ellas.
Los espacios de aprendizaje en una escuela rural, como señala Santos, no comienzan ni se agotan en el salón de clase y cada uno de los lugares externos e internos de la institución se convierten en   instancias de aprendizaje,  si ello responde a una intención educativa del maestro. Los tiempos educativos también se vuelven particulares en tanto la presencia de varios grados exige al maestro atenderlos desde esa diversidad, dando vida a la multigraduación propia del medio rural y por últimos los recursos del medio rural tan disímiles a los de la urbanidad hacen que múltiples elementos del entorno sean per se potenciales recursos didácticos; desde una hilacha vegetal, un pique de alambrado o una hojarasca en un monte de abrigo. Por esta fuerte relación del niño y su medio es que la escuela rural se convierte también en un espacio propicio de abordaje de temáticas vinculadas al área de las Ciencias Naturales, área que, por estos días exige un abordaje profundo y crítico. En ese sentido el niño rural es sensible y comprometido con aquellos aspectos de orden natural porque ese es el medio en el que desarrolla su infancia; señalando otro aporte de este autor.
 Por último, en este breve, especie de ensayo, pero no en la lista numerosa de riquezas educativas rurales,  la escuela rural hoy, continúa, (nuevamente haciendo alusión a los aportes de L.Santos) siendo el único espacio en el medio cuya presencia como Institución estatal es fuertemente significativa. De allí, radica su importancia a nivel social.
Dado este análisis de situación, volvemos a preguntarnos hacia dónde dirigir nuestros pasos en ese pantano que parece obstaculizar la tarea., porque en el andar la acumulación de barro dificulta el camino y el maestro carga sobre los talones y carga sobre sus pantalones un peso cada vez más tedioso y cada vez más parecido a la pérdida de la  libertad. Lo que si tenemos claro es una cosa: para llegar a buen destino necesitamos no sentirnos solos ni ajenos al mundo, a este mundo rural. Y la  soledad no descansa solo por estar fuera del entorno físico de la campaña o vivir fuera de la escuela, pero si se vuelve condición necesaria,  intrínseca para reconstruir vínculos. Ningún vínculo se construye ni se reconstruye  con una simple descripción de una realidad o una inclusión cargada de buenas intenciones o de marcos jurídicos pues es imposible mantener o reconstruir vínculos comunitarios que descansan en discursos y normativas cargados de desigualdades  y reproducciones jerárquicas, señalamiento que compartimos con el investigador argentino Carlos Skliar.  La reconstrucción del vínculo y  el desarrollo de nuestra labor hoy, exigen y nos exige un compromiso ético. Un compromiso ético que implica desde nuestra labor una relación estrecha con el medio en el que estamos llamados a participar; pero desde quienes elaboran y  están llamados a ejecutar política educativa supone la voluntad política, explícita y eficaz  de la revalorización material y simbólica de un maestro rural, un conocimiento profundo del medio y del habitante rural, del nuevo y de aquel que se aferra  a lo heredado, una revalorización de la escuela rural como aquel espacio que hasta hoy sigue teniendo la excepcionalidad de ser el único espacio de marcada presencia e incidencia estatal pues sino, como expresaba María Espínola: “la escuela sola no puede”.
A pesar de la carga cada vez más pesada y de cierta incomodidad al andar, el maestro rural intenta tozudamente salvar una segunda tensión: dibujar identidad en un territorio concreto que parece desdoblarse a menudo: por un lado, estará llamado a acompañar a aquellos pobladores rurales, los pocos, los locales, los que resisten, los que permanecen, también a aquellos que aún viviendo en la ciudad, deciden enviar a sus hijos a la escuela rural porque allí, los vínculos, las relaciones las formas de enseñar y aprender son otras, porque ciertos códigos culturales son un asunto que muchos tratan de mantener casi como un tesoro receloso  muy bien guardado y por otro, convocar a nuevas formas de hacer y estar en ese medio rural, pero  acompañar también a este nuevo integrante del campo, citadino, que carga con su cultura urbana, pero que tiene un fuerte compromiso ético , ecológico con el entorno  y una mirada de la infancia y su desarrollo con el medio que la escuela rural no puede ni debe des estimar y que incluso es para muchos de nosotros, las ideas esperadas, las acordadas, casi como una suerte de utopía compartida.  Y entre esos  dos polos deberá transitar también la escuela y el maestro, sin dudas en las nuevas figuras que compone la presencia salvaje de la cultura de la globalización en el medio rural que sutilmente borra uno y otro proyecto y en el que también la escuela rural parece estar llamada al igual que su par urbana a transitar que, al decir de Skliar: …”  consiste en ser enunciada como sitio destinado a ser productora y creadora de vínculos, mientras el mundo fuera se descompone, se apresura, se tensa entre la humillación y la hipocresía cotidianas. Como si el mundo le pidiera a las escuelas algo que el mundo no desea ni provoca para sí mismo.”
Quizá sea la escuela rural, ese lugar que permita el dialogo y conjugue armónicamente  estas alteridades porque el tiempo que ofrece la ruralidad es, sobre todo el silencio que permite la escucha.
La urgente necesidad de conjugar estas tres realidades se nos hace inevitable. En este sentido, propuestas tales como los planes pilotos de segundas lenguas y educación artística;  la posibilidad del desarrollo de la educación física en escuelas rurales ,los diversos proyectos socio-culturales desarrollados por los Agrupamientos Rurales, la tarea valiosa de la figura del maestro Capder,  la propuesta de  Nucleamientos Rurales y los Ejes de Ruta; las acciones, cursos y experiencias generadas y desarrolladas desde el Centro Agustín Ferreiro en procura de la defensa de la especificidad rural y del perfeccionamiento en este sentido, que lo ha convertido en un centro de referencia en relación a ello, han sido claras señas de  avance al respecto, de búsquedas de estrategias para acompañar y acompasar los cambios que la escuela rural necesita y así   pretender suavizar los talones barrosos del maestro rural en su andar y aliviar carga y soledad.  Sin embargo y para que el milagro ocurra, es sustancial e imperioso que el maestro rural sea reconocido desde su vocación, pero también en   toda su trayectoria y desde todos sus aspectos de  su formación profesional y se faciliten para desarrollarla un conjunto de decisiones técnicas-pedagógicas y administrativas que hoy parecen apagarse bajo la mirada urbanizada y burocrática de la ruralidad. Es necesario que el estado de un viraje a esta ruralidad que hoy necesita mayor presupuesto, políticas específicas y una clara  voluntad educativa de todos los  actores involucrados para que estas propuestas se viabilicen y se aliviane el camino. Porque no tener ni desarrollar un compromiso en este sentido con esta realidad y con cada una de las escuelas rurales, es acompasar y entonces afirmar el despoblamiento rural; es mirar sin accionar como se cierran cada una de las porteras de un espacio que demanda hoy una respuesta: nos toca decidir si asumimos el desafío de acompañar y exigir los cambios que la nueva ruralidad demanda o cerramos con una mirada atónita la última portera , nos echamos  del otro lado del alambrado, dejamos librado la otredad a sus propios recursos, parafraseando a C. Skliar, y susurrando poéticamente nos asumimos en la complicidad, tal como si fuese un anuncio de derrota:

  Para el que mira sin ver
La tierra es tierra nomás…
Atahualpa Yupanqui.

(°) Texto reeditado en función de la rigurosidad en la referenciación bibliográfica.




Web y bibliografía:
·         “El valor de la Escuela Pública Rural” Limber Santos, Quehacer Educativo N°150.
·         “Espacios, tiempos y recursos en el aula multigrado” Limber Santos. Quehacer Educativo. N° 105
·         “La rica historia de la Escuela Pública Uruguaya”. María Cristina Robaina Umpierrez. Revista Contextos 6.
·         “La Educación Rural como objeto de estudio” Limber Santos. Revista Quehacer Educativo .Febrero 2013


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