Autores que interpelan
”Educar no es trasmitir el valor de objetos
o para
qué sirven las cosas.
Educar es una conversación a propósito
de los efectos que esas cosas tienen en
nosotros”
Carlos Skliar.
Estas líneas invitan a proyectar algunas consideraciones del escritor e
investigador argentino Carlos Skliar referidas
a lo educativo desde su complejidad y generalidad hacia nuestra propia
escuela rural como una especie de resplandor que de
alguna manera ofrezca una suerte de claridad a ciertas miradas dirigidas a ese ámbito . No están seguras,
ellas, de si tal osadía responde a una especie de intenso y sensato deseo de empoderamiento de esa mirada para que definan
y expliquen lo que acontece en la ruralidad o si solo creen avistar una
resurrección de la idea romántica del acto educativo, pero si que vale la pena
el intento por aquello o por lo otro.
La presencia poética en el discurso pedagógico,
la defensa del tiempo de la infancia, los aportes filosóficos a la lectura de
la tarea educativa; el rescate del arte de enseñar como un acto generoso, de
ofrecimiento frente a la mezquindad, a los tiempos rápidos y consumistas que
vuelven a la niñez pesada y exhausta, tal como el mismo autor lo plantea, han
sido aportes sustanciales a la construcción de una mirada educativa que no
ofrece lecturas hegemónicas ni infectadas de poder, y así lo expresa, que no
reza a dogmáticos tecnicismos, sino que
propone una conversación e invita a que la escuela haga lo propio; en tanto
este escritor entiende que la pedagogía permite tejer un espacio de tiempo
liberado del tiempo adulto( en tanto
peso, carga, consumo, productividad) y de respuesta de alguna manera a
esa locura, a la insanía y ofrezca aprender a vivir en el mundo que no es lo
mismo ( aunque ciertos discursos instalen lo contrario dice el mismo, dice el
autor ) que salir al mundo productivo y ganarse la vida.
Es necesario, plantea Skliar, que la escuela
proponga, genere, ofrezca generosamente tiempos de infancia. Invita a la niñez a esa particular experiencia de relación con
el tiempo mediada por la conversación, cargada de intensidad, de profundidad de
compromiso ético, que no juzga, que escucha , que ama. Esa conversación, esa
experiencia sin tiempo, sin producto, sin control, que recobra, que
reinstala la pasión, que propone una
forma de estar y ser con el mundo y que devuelve al docente una cierta dignidad en su tarea
estrechamente relacionada con el arte en
cuanto resitúa en escena la pasión y la
invención Es en esta primera
reivindicación la que de alguna manera nos obliga a volver la mirada sobre nuestras escuelas y preguntarnos
si no es allí, en la escuela rural donde aparece casi desnuda la oportunidad
primera de ofrecer esa conversación.
Varios son los rastros que parecieran
invitarnos: La valoración de la conversación en el ámbito rural, la dimensión
temporal, el tratamiento y selección de los contenidos de aprendizaje, el
vínculo del alumno-maestro; maestro comunidad y las características cognoscitivas del niño
rural, sin duda, entre otros aspectos.
En ese espacio rural en el que habita el niño
de nuestras escuelas, se desarrolla una intensa, profunda y particular relación
con la naturaleza, en toda su complejidad, en todos sus aspectos y para todos
sus ciclos. La familia rural, aún
alcanzada por el avance tecnológico navega contradictoria, azarosa o
convencidamente en las aguas de una naturaleza que le devuelve sus limitaciones,
sus potencialidades, sus fragilidades, sus frustraciones, su soledad, en
definitiva su propia humanidad. Días de
aislamiento, de escasez de recursos, de largos temporales, de crudo frío, de
intensos vientos de inmensos horizontes le devuelven su propia mirada, la
obligan a hacerlo y ella no puede más que reflejarse y admitirlo: es una más
entre tantos sucesos de esta vida. En esos escenarios, echa mano a su invención y
obra inventivamente resolviendo creativamente el frio, el miedo, la soledad, el
aislamiento, el hambre, la frustración…su propia fragilidad. Y en esa tarea
comprende que poco valen los tiempos de ansiedad y muchos los de paciente espera. Y es en ese aprendizaje
que instala un dialogo factico con la
vida, la muerte, los ciclos, los
procesos naturales o el propio azar. Esos aprendizajes tan profundos, tan
cercanos a su propia naturaleza y que la urbanidad insiste en tildar de vacios,
conservadores y ajenos a un mundo, por
supuesto citadino.
El niño rural escucha ese dialogo y del mismo
modo genera su propia conciencia en relación a ello y vive ese tiempo consensuado
tal como un contrato de buena vecindad entre los adultos y la
naturaleza. Situado y atravesado por es transcurrir y esa cosmovisión llega a
la escuela, cargado de un particular y sensible modo de percibir y por el mismo
modo de aprender. Lejos de las sobre estimulaciones de la niñez urbana, el niño
rural es sumamente abierto a los aprendizajes
y perceptivo a ciertos procesos por lo que el camino hacia el
aprendizaje es llano, claro, honesto y en y
desde esas condiciones fundantes es muy fácil instalar la conversación.
Esa conversación a la que más arriba nos invita Skliar. Esa conversación que asume
diferencias en uno y otro contexto: el dialogo didáctico urbano es de carácter
objetivo, es una conversación sobre el nombre de las cosas; mientras que el
dialogo didáctico de la escuela rural es casi por definición de corte narrativo
y quizá por esa misma cadencia narrativa mucho más cercano a la vida y a la
belleza de la vida misma. Por esa estrecha relación es que los saberes circulan
en la ruralidad atravesados en intima vinculación con el mundo, como si penetrase en
las aulas de igual forma que el sol, como si fuese imposible ignorarlo y es que
habida cuenta el maestro rural también está atravesado por ella. Mientras e l
maestro urbano recorta contenidos e intenta vincularlos con alguna esfera del
mundo; el maestro rural reconoce que parte de ese mundo recorta para nombrarlo
en clave de contenidos: como si el mundo en la urbanidad, ajeno y lejano fuese
invitado a un festín y como si el mundo en la ruralidad fuese quien pusiese la
mesa. En esa imagen de banquete que también propone este autor para pensar y
celebrar el acto educativo.Y entre uno y otro banquete existen inconmensurables
diferencias.
Durante ese festín el niño urbano se instala en la mesa y ya en ella, habla
pero no escucha mientras el niño rural,
escucha, pero no habla. Ese silencio
incomoda, intimida, interpela. No es esperable para un mundo acelerado, conectado y saturado de palabras esa humanidad atenta a la escucha que exige y nos exige un cierto acercamiento para develar el
misterio de su pensamiento y entones y
solo entonces si develarse. Y es en este último aspecto también donde cabe
preguntarse; ¿No será allí, en la escuela rural donde está encendida la primera
llama de rebelión?. Es que ella parece insistente en mostrarnos que por allí es
el camino; urge interrumpir esa conexión
con el mundo voraz, urge celebrar lo bello, lo lento, lo humano, tal como invita el autor. La escuela y
el niño, allí en el campo, parecen
mostrarnos el camino:
“La distancia mínima
Entre dos cuerpos
No es la palabra obvia
Sino el más tímido
De los silencios.
Por eso a veces
Es mejor callar
No para decir amor
Sino para escucharlo.”
Carlos Skliar
Web y bibliografía:
·
“El valor de la Escuela Pública Rural” Limber
Santos, Quehacer Educativo N°150.
·
http://www.ceip.edu.uy/documentos/2018/ifs/dapg/materiales/Jorge_Larrosa_Experiencia_y_alteridad.pdf
. “Los
vínculos en las escuelas. Pensar la Composición de las relaciones en tiempos
digitales y abismales” Carlos Skliar, Laura Duschatzky, . Revista Eduacación, ciencia y
cultura. Julio 2014
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