sábado, 15 de junio de 2019


Autores que interpelan


”Educar no es trasmitir el valor de objetos
 o para qué sirven las cosas.
Educar es una conversación a propósito
de los efectos que esas cosas tienen en nosotros”
Carlos Skliar.

Estas líneas invitan a proyectar  algunas consideraciones del escritor e investigador argentino Carlos Skliar   referidas a lo educativo desde su complejidad y generalidad hacia nuestra  propia  escuela  rural  como una especie de resplandor  que  de alguna manera ofrezca una suerte de  claridad  a ciertas miradas  dirigidas a ese ámbito . No están seguras, ellas, de si tal osadía responde a una especie de intenso y sensato deseo de  empoderamiento de esa mirada para que definan y expliquen  lo que acontece  en la ruralidad o si solo creen avistar una resurrección de la idea romántica del acto educativo, pero si que vale la pena el intento por aquello o por lo otro.
La presencia poética en el discurso pedagógico, la defensa del tiempo de la infancia, los aportes filosóficos a la lectura de la tarea educativa; el rescate del arte de enseñar como un acto generoso, de ofrecimiento frente a la mezquindad, a los tiempos rápidos y consumistas que vuelven a la niñez pesada y exhausta, tal como el mismo autor lo plantea, han sido aportes sustanciales a la construcción de una mirada educativa que no ofrece lecturas hegemónicas ni infectadas de poder, y así lo expresa, que no reza a dogmáticos  tecnicismos, sino que propone una conversación e invita a que la escuela haga lo propio; en tanto este escritor entiende que la pedagogía permite tejer un espacio de tiempo liberado del tiempo adulto( en tanto  peso, carga, consumo, productividad) y de respuesta de alguna manera a esa locura, a la insanía y ofrezca aprender a vivir en el mundo que no es lo mismo ( aunque ciertos discursos instalen lo contrario dice el mismo, dice el autor ) que salir al mundo productivo y ganarse la vida.
Es necesario, plantea Skliar, que la escuela proponga, genere, ofrezca generosamente tiempos de infancia. Invita  a la niñez  a esa particular experiencia de relación con el tiempo mediada por la conversación, cargada de intensidad, de profundidad de compromiso ético, que no juzga, que escucha , que ama. Esa conversación, esa experiencia sin tiempo, sin producto, sin control, que recobra, que reinstala  la pasión, que propone una forma de estar y ser con el mundo y que devuelve  al docente una cierta dignidad en su tarea estrechamente relacionada con el arte  en cuanto resitúa en escena  la pasión y la invención  Es en esta primera reivindicación la que de alguna manera nos obliga  a volver la mirada sobre nuestras escuelas y preguntarnos si no es allí, en la escuela rural donde aparece casi desnuda la oportunidad primera de ofrecer esa conversación.
Varios son los rastros que parecieran invitarnos: La valoración de la conversación en el ámbito rural, la dimensión temporal, el tratamiento y selección de los contenidos de aprendizaje, el vínculo del alumno-maestro; maestro comunidad y  las características cognoscitivas del niño rural, sin duda, entre otros  aspectos.
En ese espacio rural en el que habita el niño de nuestras escuelas, se desarrolla una intensa, profunda y particular relación con la naturaleza, en toda su complejidad, en todos sus aspectos y para todos sus ciclos.  La familia rural, aún alcanzada por el avance tecnológico navega contradictoria, azarosa o convencidamente en las aguas de una naturaleza que le devuelve sus limitaciones, sus potencialidades, sus fragilidades, sus frustraciones, su soledad, en definitiva  su propia humanidad. Días de aislamiento, de escasez de recursos, de largos temporales, de crudo frío, de intensos vientos de inmensos horizontes le devuelven su propia mirada, la obligan a hacerlo y ella no puede más que reflejarse y admitirlo: es una más entre tantos sucesos  de esta vida.  En esos escenarios, echa mano a su invención y obra inventivamente resolviendo creativamente el frio, el miedo, la soledad, el aislamiento, el hambre, la frustración…su propia fragilidad. Y en esa tarea comprende que poco valen los tiempos de ansiedad  y muchos los de paciente espera. Y es en ese aprendizaje que  instala un dialogo factico con la vida, la muerte, los ciclos,  los procesos naturales o el  propio  azar. Esos aprendizajes tan profundos, tan cercanos a su propia naturaleza  y  que la urbanidad insiste en tildar de vacios, conservadores y  ajenos a un mundo, por supuesto citadino.
El niño rural escucha ese dialogo y del mismo modo genera su propia conciencia en relación a ello y vive ese tiempo consensuado tal como un  contrato de  buena vecindad entre los adultos y la naturaleza. Situado y atravesado por es transcurrir y esa cosmovisión llega a la escuela, cargado de un particular y sensible modo de percibir y por el mismo modo de aprender. Lejos de las sobre estimulaciones de la niñez urbana, el niño rural es sumamente abierto a los aprendizajes  y perceptivo a ciertos procesos por lo que el camino hacia el aprendizaje es llano, claro, honesto y en y  desde esas condiciones fundantes es muy fácil instalar la conversación. Esa conversación a la que más arriba nos invita Skliar. Esa conversación que asume diferencias en uno y otro contexto: el dialogo didáctico urbano es de carácter objetivo, es una conversación sobre el nombre de las cosas; mientras que el dialogo didáctico de la escuela rural es casi por definición de corte narrativo y quizá por esa misma cadencia narrativa mucho más cercano a la vida y a la belleza de la vida misma. Por esa estrecha relación es que los saberes circulan en la ruralidad atravesados  en intima  vinculación con el mundo, como si penetrase en las aulas de igual forma que el sol, como si fuese imposible ignorarlo y es que habida cuenta el maestro rural también está atravesado por ella. Mientras e l maestro urbano recorta contenidos e intenta vincularlos con alguna esfera del mundo; el maestro rural reconoce que parte de ese mundo recorta para nombrarlo en clave de contenidos: como si el mundo en la urbanidad, ajeno y lejano fuese invitado a un festín y como si el mundo en la ruralidad fuese quien pusiese la mesa. En esa imagen de banquete que también propone este autor para pensar y celebrar el acto educativo.Y entre uno y otro banquete existen inconmensurables diferencias.
Durante ese festín el niño urbano se instala en  la mesa y ya en  ella, habla  pero no escucha  mientras el  niño  rural, escucha, pero no habla. Ese silencio  incomoda, intimida, interpela. No es esperable para un mundo   acelerado, conectado  y saturado de palabras esa humanidad  atenta a la escucha  que exige y nos exige  un cierto acercamiento para develar el misterio de su pensamiento  y entones y solo entonces si develarse. Y es en este último aspecto también donde cabe preguntarse; ¿No será allí, en la escuela rural donde está encendida la primera llama de rebelión?. Es que ella parece insistente en mostrarnos que por allí es el camino;  urge interrumpir esa conexión con el mundo voraz, urge celebrar lo bello, lo lento, lo humano, tal como invita el autor. La escuela y el niño, allí en el campo,  parecen mostrarnos el camino:
“La distancia mínima
Entre dos cuerpos
No es la palabra obvia
Sino el más tímido
De los silencios.
Por eso a veces
Es mejor callar
No para decir amor
Sino para escucharlo.”
Carlos Skliar


Web y bibliografía:
·         “El valor de la Escuela Pública Rural” Limber Santos, Quehacer Educativo N°150.
. “Los vínculos en las escuelas. Pensar la Composición de las relaciones en tiempos digitales y abismales” Carlos Skliar, Laura Duschatzky, . Revista Eduacación, ciencia y cultura. Julio 2014




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