sábado, 15 de junio de 2019


Ecología en el patio (campo) de la escuela.
Una postura política en el tratamiento de contenidos en Ciencias Naturales.

Ecología en el Patio Escolar (EEPE) es una propuesta pedagógica enfocada hacia la educación en las Ciencias Naturales y en particular en la ecología; es decir en aquella rama que estudia la relación de los seres vivos entre ellos y con el medio. Surge en Norteamérica, a cargo de un grupo de ecólogos educadores pero cuya experiencia se amplifica desde ese entonces y en la actualidad por el mismo continente. En nuestro país, Emanuel Machín es el biólogo que se ocupa de expandirla.  El propósito de esta propuesta es convertirse en una herramienta de investigación que le permita al niño, estudiar, comprender, analizar y reflexionar sobre los procesos ecológicos y los efectos de la acción humana en ellos. “La esencia pedagógica de la EEPE es aprender haciendo y aprender reflexionando.”
Para que ello sea viable concibe un ciclo de investigación basado en tres pasos a saber: la formulación de una pregunta simple, acción para recolectar datos que la respondan y una reflexión final sobre los resultados. No es nuestro propósito aquí extendernos más allá de la definición de esta forma de hacer Ciencias. Este aspecto queda librado al lector, si es de su interés. Pero, si pretendemos detenernos brevemente en los desafíos que ella nos propone y en lo que no es o lo que invita a deconstruir.
En cuanto a los desafíos: por un lado; desplazar una forma de enseñanza basada en el aprendizaje pasivo de nuestros alumnos y por otro, la potencialidad que reside el mirar al patio y en nuestro caso, al campo de la escuela como laboratorio viviente.
Con respecto a lo que nos invita a deconstruir es la idea de sostener aquella práctica de investigación basada en el método hipotético deductivo y girar la relevancia no en el investigador y sus hipótesis sino en el camino de conocer.
Ecología en el Patio, y permítanos campo, de la Escuela nos habilita a descentrar-nos como figura de peso en la escena del enseñar y donar generosamente esa trascendencia al conocimiento, a la tarea de aprender, abordando las cuestiones medioambientales con el otro alumno, con la otra comunidad, con el otro par sin pretensiones ególatras. Implica y exige exponer y poner sobre la mesa qué preguntas nos hacemos sobre nuestro entorno y cómo desearíamos responderlas, sin más pretensiones que resolverlas, que descubrirlas, que construir juntos, que caminar juntos y ello necesariamente exige desplegar mi mundo y el del otro para que, en conversación, parafraseando a C. Skliar, comencemos a preguntarnos sobre él, a explicarlo y si es posible y si está en nosotros, a transformarlo.
Pero para que todo eso suceda deberíamos asumir que todo acto educativo es en palabras de Paulo Freire: un acto político. ¿Qué mundo queremos construir?  ¿Qué lectura hago como educador de ese mundo? ¿Educar? ¿Para qué? ¿Educar para quienes?  Y es este quizá el ejercicio que motiva este encuentro: ¿De qué lectura del mundo está cargado el discurso pedagógico del maestro rural? ¿Cómo y bajo que mirada recorta y selecciona los contenidos? ¿Cómo y bajo qué mirada instala la relación vinculo comunidad- escuela en el campo? Y.… ¿Cómo y bajo qué mirada observa los ciclos naturales y productivos en él?  ¿Es su discurso un campo minado de autoridad per se sin más espacio que para su palabra o es un discurso que habilita un nosotros como sugiere pensarnos EEPE?
” En un mundo armado hasta los dientes y cruzado por vientos de exterminio, es necesario entender que la simbología guerrera ha llegado a su fin. Afirmación que nos obliga a introducir una nueva simbología que permita reconocer la existencia del conflicto y la necesidad de la diferencia, a fin de contrarrestar las consecuencias funestas de esta pasión por la homogeneización que se traslada del monocultivo a las relaciones interpersonales”(…) ”La lógica de la gran producción capitalista, que ambiciona producir lo homogéneo tanto en el campo como en la escuela y la familia, genera una tensión productiva que destruye el abanico de singularidades, fenómeno que pone en peligro nuestra existencia  como especie. Convivir en un ecosistema humano implica una disposición sensible a reconocer la diferencia, asumiendo con ternura las ocasiones que nos brinda el conflicto para alimentar el mutuo crecimiento.”
Este pasaje de Luis Carlos Restrepo ayuda a visibilizar las dos alternativas posibles y a evidenciar la hegemónica en ciertos discursos pedagógicos en el quehacer educativo rural. 
Y en la palabra ternura descansa toda la diferencia. Es que pareciera por estos lugares y por estos tiempos que así como la única salida productiva en el campo fuese la explotación intensiva de una sola especie , seleccionada para ofrecer mejores condiciones de rentabilidad; la única salida pedagógicamente esperable para mirar al campo y su coyuntura fuese por un lado la de asumir una falsa postura ingenua que nunca ha ocultado la complejidad y contrariedad de los asuntos de la realidad en todos sus órdenes y expresiones de la vida y que no termina por completarla, por armar el rompecabezas, o, por el otro, asumir una mirada que cargue  las tintas, pero como balas y sostener un discurso, quizá válido si, pero poco empático, poco humano que nada tiene que ver con lo vincular, que deja al otro relegado, desplegado o lo que es peor disminuido y expuesto. Un discurso que se sostiene o cree sostenerse por el peso de las esferas del saber; que mantiene una distancia que asume una idea sobre lo que el otro sabe y no sabe y por ende sobre lo que el otro puede y no puede, parafraseando a C. Skliar.
Y es en esta última certeza también donde radican las diferencias. ¿Podremos y queremos en nuestras escuelas habilitar la idea de que el otro puede? ¿En palabras de Skliar? ¿Y en las nuestras; ¿De que el niño rural puede? ¿De que el campo que nos habita puede?  ¿Qué otro mundo un poco más allá de la ciudad es posible?  ¿Y no solo posible sino viable, y esperable? ¿Sumido o alejado de la lógica capitalista de homogeneización?
Es por eso que hoy llamamos  a desarrollar el ejercicio propuesto por la metodología EEPE a manera más general o más visceral, si nos lo permite  y quizá de manera consciente asumir una forma de hacer y ser en la escuela rural que se descentre de nuestra autoridad vareliana y se comprometa con la vida, su devenir, su complejidad, los misterios que ella esconde, que dialogue con sus potencialidades, pero también con sus miserias y que esas miserias entren al salón, tengan lugar en el salón.  Desarrollar una pedagogía que habilite la alteridad, pero en la inclusión, en la verdadera inclusión.
Urge tomar postura, urge preguntarnos que puede y no puede el campo, que puede y no puede la escuela rural. Preguntas que nos habilitan a resituarnos, a zafarnos de las ordenanzas y de las recetas; las que nos invitan a dejar de ser no solo funcionarios estatales y a creer por un momento que nuestra función es algo más que ser simples aplicadores y evaluadores de políticas educativas de quinquenio y hacer carne esa idea de formar hombres situados, críticos y transformadores, también en y desde la ruralidad, sin prejuicios, sin circulares, sin señales de guerra.
La campaña lo necesita. Hace falta. Hacemos falta.

” El no comer no mata, mata el odio y la envidia”
Los olimareños.

Web y bibliografía:
·         Restrepo, Luis Carlos. “El Derecho a la Ternura”. Doble Clic Editoras. Colombia. 1994.
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