Ecología en el
patio (campo) de la escuela.
Una postura
política en el tratamiento de contenidos en Ciencias Naturales.
Ecología en el Patio Escolar (EEPE) es una
propuesta pedagógica enfocada hacia la educación en las Ciencias Naturales y en
particular en la ecología; es decir en aquella rama que estudia la relación de
los seres vivos entre ellos y con el medio. Surge en Norteamérica, a cargo de
un grupo de ecólogos educadores pero cuya experiencia se amplifica desde ese
entonces y en la actualidad por el mismo continente. En nuestro país, Emanuel Machín
es el biólogo que se ocupa de expandirla. El propósito de esta propuesta es convertirse
en una herramienta de investigación que le permita al niño, estudiar,
comprender, analizar y reflexionar sobre los procesos ecológicos y los efectos
de la acción humana en ellos. “La esencia pedagógica de la EEPE es aprender
haciendo y aprender reflexionando.”
Para que ello sea viable concibe un ciclo de
investigación basado en tres pasos a saber: la formulación de una pregunta
simple, acción para recolectar datos que la respondan y una reflexión final
sobre los resultados. No es nuestro propósito aquí extendernos más allá de la
definición de esta forma de hacer Ciencias. Este aspecto queda librado al
lector, si es de su interés. Pero, si pretendemos detenernos brevemente en los
desafíos que ella nos propone y en lo que no es o lo que invita a deconstruir.
En cuanto a los desafíos: por un lado;
desplazar una forma de enseñanza basada en el aprendizaje pasivo de nuestros
alumnos y por otro, la potencialidad que reside el mirar al patio y en nuestro
caso, al campo de la escuela como laboratorio viviente.
Con respecto a lo que nos invita a deconstruir
es la idea de sostener aquella práctica de investigación basada en el método
hipotético deductivo y girar la relevancia no en el investigador y sus
hipótesis sino en el camino de conocer.
Ecología en el Patio, y permítanos campo, de la
Escuela nos habilita a descentrar-nos como figura de peso en la escena del
enseñar y donar generosamente esa trascendencia al conocimiento, a la tarea de
aprender, abordando las cuestiones medioambientales con el otro alumno, con la
otra comunidad, con el otro par sin pretensiones ególatras. Implica y exige
exponer y poner sobre la mesa qué preguntas nos hacemos sobre nuestro entorno y
cómo desearíamos responderlas, sin más pretensiones que resolverlas, que
descubrirlas, que construir juntos, que caminar juntos y ello necesariamente
exige desplegar mi mundo y el del otro para que, en conversación, parafraseando
a C. Skliar, comencemos a preguntarnos sobre él, a explicarlo y si es posible y
si está en nosotros, a transformarlo.
Pero para que todo eso suceda deberíamos asumir
que todo acto educativo es en palabras de Paulo Freire: un acto político. ¿Qué
mundo queremos construir? ¿Qué lectura
hago como educador de ese mundo? ¿Educar? ¿Para qué? ¿Educar para quienes? Y es este quizá el ejercicio que motiva este
encuentro: ¿De qué lectura del mundo está cargado el discurso pedagógico del
maestro rural? ¿Cómo y bajo que mirada recorta y selecciona los contenidos?
¿Cómo y bajo qué mirada instala la relación vinculo comunidad- escuela en el
campo? Y.… ¿Cómo y bajo qué mirada observa los ciclos naturales y productivos
en él? ¿Es su discurso un campo minado
de autoridad per se sin más espacio que para su palabra o es un discurso que
habilita un nosotros como sugiere pensarnos EEPE?
” En un mundo armado hasta los dientes y
cruzado por vientos de exterminio, es necesario entender que la simbología
guerrera ha llegado a su fin. Afirmación que nos obliga a introducir una nueva
simbología que permita reconocer la existencia del conflicto y la necesidad de
la diferencia, a fin de contrarrestar las consecuencias funestas de esta pasión
por la homogeneización que se traslada del monocultivo a las relaciones
interpersonales”(…) ”La lógica de la gran producción capitalista, que ambiciona
producir lo homogéneo tanto en el campo como en la escuela y la familia, genera
una tensión productiva que destruye el abanico de singularidades, fenómeno que
pone en peligro nuestra existencia como
especie. Convivir en un ecosistema humano implica una disposición sensible a
reconocer la diferencia, asumiendo con ternura las ocasiones que nos brinda el
conflicto para alimentar el mutuo crecimiento.”
Este pasaje de Luis Carlos Restrepo ayuda a
visibilizar las dos alternativas posibles y a evidenciar la hegemónica en
ciertos discursos pedagógicos en el quehacer educativo rural.
Y en la palabra ternura descansa toda la
diferencia. Es que pareciera por estos lugares y por estos tiempos que así como
la única salida productiva en el campo fuese la explotación intensiva de una
sola especie , seleccionada para ofrecer mejores condiciones de rentabilidad;
la única salida pedagógicamente esperable para mirar al campo y su coyuntura
fuese por un lado la de asumir una falsa postura ingenua que nunca ha ocultado
la complejidad y contrariedad de los asuntos de la realidad en todos sus
órdenes y expresiones de la vida y que no termina por completarla, por armar el
rompecabezas, o, por el otro, asumir una mirada que cargue las tintas, pero como balas y sostener un
discurso, quizá válido si, pero poco empático, poco humano que nada tiene que
ver con lo vincular, que deja al otro relegado, desplegado o lo que es peor
disminuido y expuesto. Un discurso que se sostiene o cree sostenerse por el
peso de las esferas del saber; que mantiene una distancia que asume una idea
sobre lo que el otro sabe y no sabe y por ende sobre lo que el otro puede y no
puede, parafraseando a C. Skliar.
Y es en esta última certeza también donde
radican las diferencias. ¿Podremos y queremos en nuestras escuelas habilitar la
idea de que el otro puede? ¿En palabras de Skliar? ¿Y en las nuestras; ¿De que
el niño rural puede? ¿De que el campo que nos habita puede? ¿Qué otro mundo un poco más allá de la ciudad
es posible? ¿Y no solo posible sino
viable, y esperable? ¿Sumido o alejado de la lógica capitalista de
homogeneización?
Es por eso que hoy llamamos a desarrollar el ejercicio propuesto por la
metodología EEPE a manera más general o más visceral, si nos lo
permite y quizá de manera consciente
asumir una forma de hacer y ser en la escuela rural que se descentre de nuestra
autoridad vareliana y se comprometa con la vida, su devenir, su complejidad,
los misterios que ella esconde, que dialogue con sus potencialidades, pero
también con sus miserias y que esas miserias entren al salón, tengan lugar en
el salón. Desarrollar una pedagogía que
habilite la alteridad, pero en la inclusión, en la verdadera inclusión.
Urge tomar postura, urge preguntarnos que puede
y no puede el campo, que puede y no puede la escuela rural. Preguntas que nos
habilitan a resituarnos, a zafarnos de las ordenanzas y de las recetas; las que
nos invitan a dejar de ser no solo funcionarios estatales y a creer por un
momento que nuestra función es algo más que ser simples aplicadores y evaluadores
de políticas educativas de quinquenio y hacer carne esa idea de formar hombres
situados, críticos y transformadores, también en y desde la ruralidad, sin
prejuicios, sin circulares, sin señales de guerra.
La campaña lo necesita. Hace falta. Hacemos
falta.
” El no comer no mata, mata el odio y la
envidia”
Los olimareños.
Web y
bibliografía:
·
http://www.ceip.edu.uy/documentos/2018/ifs/dapg/materiales/Jorge_Larrosa_Experiencia_y_alteridad.pdf
·
Restrepo,
Luis Carlos. “El Derecho a la Ternura”. Doble Clic Editoras. Colombia. 1994.
·
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